Cada uno de nosotros tiene su meta. Su Meca dirán algunos. Cada uno de nosotros despierta una mañana y piensa sinceramente en todas las vicisitudes de la existencia misma, y llega a la conclusión de que una peregrinación, un viaje, un traslado, una salida y una llegada lo resolverán todo. Ítaca, Ítaca lo resume todo. O bueno, quizá no. Quizá es necesario nombrar a París. París. París.
París, que un pueblo llamó la Ciudad Luz, y que otro fundo en medio de una isla, junto a un río apestoso. París. París que es y no es, que está y no está. Que hoy tiene reyes y mañana regala al mundo la democracia y la demagogia. París. La Torre, los Campos, los Arcos. Napoleón y de Gaulle, la Nueva Ola y Sartre.
París. Sentado en la rue Morgue, con una baguete y una botella de vino.
Sin embargo, París está tan lejos de mi ciudad, y en París se habla un idioma que no es el mío. Pero hacia allá me dirijo. Y esta es la crónica de un viaje que realmente nunca inicia ni nunca acaba, tan sólo se mantiene itinerante
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